Albert Boadella

Albert Boadella
Actor, Dramaturgo y Director de la compañía de teatro Els Joglars.

ALBERT BOADELLA

Enrique Ponce lleva indultados hasta el momento 31 toros. El dato puede parecer a simple vista una curiosidad estadística, incluso habrá quien lo interprete como un fenómeno propio de nuestro tiempo, sin embargo, la enorme relevancia del hecho y todo lo que significa, no puede pasar desapercibido en el panorama actual de la tauromaquia.

Es indudable que nos hallamos ante un acontecimiento anómalo en la historia del toreo y su interpretación merece ser analizada con detenimiento. Se puede argumentar que, actualmente, el público muestra mayor blandura en todas las cuestiones que tienen que ver con la muerte de los animales. También cabe plantearse si las ganaderías en los últimos tiempos no han construido un toro más complaciente con los diestros. Es posible, que estos y otros elementos puedan tener cierta relación con el número de indultos, pero aun así, surge inevitablemente la misma pregunta ¿Si las condiciones son tan óptimas por qué los demás diestros no indultan con tanta facilidad?

Creo que éste es el núcleo de la cuestión. Si establecemos un orden en lo que entendemos como la maestría de un matador, obviamente, la suerte final es la que figuraría en primer lugar. Resulta evidente que el momento decisivo no se obtiene sin un perfecto conocimiento del cornúpeto. No sólo se trata de una cuestión de pericia en clavar y acertar el punto exacto sino que para ello hay que poseer una enorme intuición del toro que se tiene enfrente y haberlo conducido hasta allí en determinadas condiciones. Una buena muerte es el colofón de un complejo proceso armónico cuyo principio empieza unos años antes de la corrida, si ésta no ha funcionado perfectamente, la mejor de las muertes se convierte en una simple ejecución. Semejante acto, tan decisivo en el conjunto de la lidia, es también el resultado de una combinación de virtudes en el diestro, las cuales, entre las más destacadas, figura en primer lugar el conocimiento del animal, y por consecuencia, el dominio del hombre sobre la irracionalidad.

Ocurre como en todas las artes; por encima de cualquier otra capacidad, ya sea fuerza, gracia o arrojo, admiramos la inteligencia del hombre capaz de dominar la abrupta naturaleza y generar la belleza. Unas veces con unas piedras convertidas en Venus o en Partenón, otras con simples pigmentos de color mezclados en aceite y transformados en Meninas. Se trata del mismo proceso que lleva al torero a enfrentarse con una fuerza feroz de media tonelada. Un enfrentamiento con la energía brava e indómita del toro y que sólo el genio humano es capaz de transformar en acoplamiento armónico lo que de natural sería pura bestialidad.

Si invertimos el tema y lo planteamos desde la óptica del protagonismo animal en la tauromaquia, tendremos que convenir que el mejor matador será quien consiga un mayor lucimiento del toro, y semejante requisito, hoy por hoy, es Enrique Ponce el que mejor lo exhibe en el mundo taurino. Bajo este concepto, sus numerosos indultos lo avalan como un espléndido e insólito torero.

La habilidad que muestra para extraer lo más estimable del otro protagonista del rito, es excepcional. Con semejante facilidad de percepción, Ponce consigue momentos donde la simbiosis con el toro nos resulta fascinante y ello, sólo es posible alcanzarlo uniendo dos condiciones que raramente afloran juntas en los matadores; la primera, el conocimiento y la segunda, la generosidad.

Enrique Ponce no se lanza previamente al lucimiento personal. Se olvida conscientemente de su “yo” para encarar la lidia hacia el descubrimiento de las mejores dotes del animal, situándose en un plano de enorme generosidad y reverencia con el toro. Sus faenas son actos de amor hacia él y la consecuencia es un ensamblaje perfecto. Los que le conocemos personalmente, podemos observar desde las gradas como su más profundo temperamento humano se manifiesta con toda transparencia durante la lidia. En la plaza es paciente, delicado, ingenioso y sólamente enérgico cuando resulta inevitable. Conduce la faena con la misma suavidad con la cual los mejores artistas nos ofrecen sus obras, imprimiendo una sensación de facilidad capaz de hacernos olvidar incluso el riesgo evidente.

Ante un toreo abocado hoy hacia la exhibición circense, donde un solo protagonista busca por encima de todo el lucimiento, Enrique Ponce opta por todo lo contrario, y es precisamente esta virtud la clave de su éxito. Lo encuentra sin buscarlo. Este hombre podría decir lo mismo que Picasso “yo no busco, encuentro”.

No sé si la querencia de los toros tiene algo con la capacidad de amar, pero por poco que experimenten alguna sensación afectiva, ya en el sorteo, los afortunados deberían considerar un privilegio el hecho de consumar la vida a mano de un artista tan generoso con ellos… y también con nosotros.

Albert Boadella