Juan Manuel de Prada

5.3.-Juán Manuel de Prada

Los relojes de Enrique Ponce
La metáfora más socorrida que emplean ahora los cronistas para encomiar la faena de un torero consiste en decir que «para los relojes»; con lo que, según entiendo, pretenden significar, hiperbólicamente, que su toreo ha sido tan deleitoso, tan pausado, tan hondo, tan bien trabado, que verlo ha sido como asistir a una especie de suspensión cósmica. Pero con las figuras retóricas ocurre lo mismo que con los condimentos, que su demasía causa hartazgo y algo parecido al ardor de estómago: el primer poeta que, para ensalzar a su amada, comparó sus dientes con perlas, logró una imagen muy voluptuosa y perturbadora; en cambio, el enésimo poeta que repite la imagen sólo logra transmitirnos una mezcla de grima y desazón, porque en esos manidos dientes como perlas ya se anticipa la caries, la dentadura postiza y hasta la calavera. Y con los toreros que «paran los relojes» nos pasa un poco lo mismo: acabamos imaginando sus faenas como exhibiciones tediosas de Uri Geller; y, a fuerza de leer tan manida metáfora, uno añora al torero capaz de poner en marcha los relojes averiados.
Y el torero que pone en marcha cualquier reloj, por descacharrado que esté, es Enrique Ponce, a quien desde luego hemos visto faenas deleitosas, pausadas, hondas y bien trabadas a porrillo; pero sobre todo le hemos visto faenas que sólo él es capaz de inventar, faenas distintas para cada toro, aun para los más descacharrados, aun para los que están para devolver a los corrales, o para el desguace. Allá donde otros «detienen los relojes» con el toro que les viene como de molde a su toreo de plantilla (y si no les viene de molde insisten en su toreo de plantilla, con el consiguiente chasco y aburrición), Ponce «pone en marcha los relojes» averiados, inventándose siempre la única faena posible para ese toro imposible que, en otras manos, nos parecería desecho de tienta; y que, en las suyas, queda como salvado. Porque al buen torero lo distingue, antes que la capacidad para adornarse, la capacidad para adornar al toro que tiene enfrente, haciendo regular al toro malo y, al toro bueno, irrepetible.
Ponce ha toreado dos mil corridas con la goyesca del sábado en Ronda; y tal cifra lo convierte en el mejor torero de la historia «en números redondos». Aquí el detractor de Ponce salta como un resorte y nos recuerda que la cantidad nunca ha sido sinónimo de calidad; a lo que cabe oponer que la cantidad, en el mal artista, es en efecto expresión de fárrago y reincidencia criminal, pero en el artista verdadero es prueba de amor siempre vigoroso por su arte. De Lope podemos decir que fue un galeote de la pluma, como del Tintoretto que lo fue del pincel; pero en ambos la fecundidad es prueba de una inspiración tan poderosa, tan arrebatada y entusiasta que sólo puede expresarse plenamente en una obra copiosa. Y así la «cantidad» se convierte en levadura o fermento de la «calidad»; y esto, que pasa con Lope o el Tintoretto, pasa también con Ponce, el torero que mejor pone en marcha los relojes averiados. Deseo al maestro de Chiva que el reloj de su arte fecundo no se detenga nunca; y que conserve siempre ese bendito entusiasmo por su arte que mantiene incólume desde que su abuelo Leandro —al que tampoco se le para nunca en reloj— lo puso delante de una becerra, suscitando la vocación más pasmosa e irreductible por el toreo que vieron los siglos.

 

ABC Juan Manuel de Prada : “Los indultos de Ponce ”
A Enrique Ponce me lo llevé hace diez días a Burgos, para que mantuviese un coloquio con Santiago Martín, el Viti, invitados ambos
JUAN MANUEL DE PRADA
Actualizado 29/06/2009 – 02:41:51
A Enrique Ponce me lo llevé hace diez días a Burgos, para que mantuviese un coloquio con Santiago Martín, el Viti, invitados ambos por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua que dirige Gonzalo Santonja. Desde hace unos años, Santonja, que es un taurino tozudo y torrencial, organiza por las capitales de Castilla y León unos espectáculos que ha bautizado «Los toros a escena», en los que la fiesta nacional es celebrada gozosamente como inspiradora de las otras bellas artes. En el Teatro Principal de Burgos, ante un público fervoroso que abarrotó la platea y los palcos, Ponce y El Viti ofrecieron una lección improvisada y magistral sobre el arte de torear. El Viti, que tiene una voz lenta y memoriosa, grave y honda como su toreo, rememoró los inicios de su vocación y cautivó a los circunstantes con esa mezcla de sapiencia y humildad que es patrimonio de los espíritus superiores. Ponce, en cuya voz todavía anida un niño intrépido, rindió homenaje a su abuelo y dedicó palabras conmovedoras a su mujer, Penélope desvelada que aguarda cada noche el regreso a casa del marido con el alma en vilo. Concluyeron ambos su intervención haciendo un elogio del otro; y aquí fue donde quedó patente que Ponce y El Viti están hechos de una pasta que ya no se fabrica, porque en sus palabras había tanto respecto y reverencia, tanta entrañable y serena adhesión recíproca, que la fluencia de afectos no quedó manchada de halagos hueros, sino que bebió sinceramente de esos manantiales de donde brota el amor al oficio.
De ese amor al oficio tendría oportunidad Ponce de volver a dar muestra, durante la cena que siguió al coloquio. Nos había anunciado que tendría que volver esa misma noche a Madrid y que, por lo tanto, tendríamos que excusar su ausencia durante la cena; pero, impremeditadamente, se quedó con nosotros hasta las dos de la madrugada, en una larguísima sobremesa en la que atendió todas nuestras curiosidades y terminó haciendo toreo de salón, para ejemplificar sus respuestas, ante la mirada atenta de El Viti, que asentía aprobatoriamente con su cabeza nevada de sabidurías ancestrales. Aquí volví a comprobar que Ponce es un apasionado de su arte, uno de esos raros especimenes de artista en quienes el oficio no degenera en rutina, sino en pasión recién estrenada, revitalizada cada día, alumbrada por esa suerte de entusiasmo o exultación que sólo bendice a los neófitos. Los detractores más resabiados de Ponce afirman desdeñosamente que «tiene mucho oficio», como si su oficio fuese una mera expresión mañosa; pero el oficio en Ponce es amor enaltecido por un anhelo de brindar lo mejor de sí ante cada toro; y, lo que todavía resulta más difícil, deextraer de cada toro lo mejor que lleva dentro. Esta capacidad para transmutar el oficio en estímulo de una pasión perpetuamente renovada es característica distintiva del artista excepcional, del monstruo de la naturaleza. Y para mí que Ponce es, como Lope, un monstruo de la naturaleza. Cuando ya se despedía de nosotros, me atreví a aguijonearlo:
-Pues ahora, maestro, a ver lo que haces delante de un toro. Que una cosa es predicar en Burgos y otra dar trigo en la plaza…
Y, como si me hubiese tomado la palabra, Ponce se ha puesto a indultar toros como un descosido, primero en Alicante y después en León, en faenas donde oficio y pasión recién estrenada forman una aleación que sólo está al alcance de los monstruos de la naturaleza. Sus detractores más resabiados seguirán despachándolas miserablemente como faenas mañosas o rutinarias; pero sospecho que harían lo mismo ante cualquier soneto de Lope. «¡Sonetitos a nosotros! -dirían- ¡Cómo si no supiéramos que escribir un soneto consiste tan sólo en escribir catorce versos endecasílabos con oficio, uno detrás de otro!». Y se quedarían tan anchos.
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ABC Juan Manuel de Prada: “Ponce: por el amor al arte ”
JUAN MANUEL DE PRADA Lunes, 25-08-08
LLEVA Enrique Ponce una racha de triunfos majestuosos y serenísimos -y pido perdón por la redundancia- que parecen desmentir aquellos rumores agoreros que, al principio de temporada, anunciaban su retirada. En Dax paró los relojes con dos faenas al ralentí, apretadas de tersura y emoción, que el respetable aclamó puesto en pie, aplaudiendo durante más de dos minutos, mientras el maestro permanecía quieto en el centro de la plaza, la cabeza humillada y el talle firme, como un Lawrence Olivier en traje de luces. En Bilbao ha firmado la mejor faena de la feria con diferencia, provocando un alboroto de los que hacen época con muletazos ligados en los que parecía que tuviese los riñones reversibles y un juego de rodillas tocado por la mano de Dios. En Málaga lidió con un toro que se refugiaba en las tablas, inventándose una forma de torear que no está en los manuales y que sólo es concebible en alguien que, cuando sale al coso, se olvida de los veinte años de magisterio que lo preceden y se comporta como un chaval que acaba de tomar la alternativa, jugándose el tipo en cada lance, exponiendo en la muleta la vera efigie de su alma, como una incitación desnuda a su contrincante. ¿Y qué necesidad tiene Ponce de seguir toreando como si cada día tuviese que revalidar su magisterio?
Esa necesidad se llama amor y entrega al ideal. Ponce ha conseguido todos los honores y distinciones que un artista puede conseguir; a estas alturas, nada tiene que demostrar, nada tiene que alcanzar, pues todo está alcanzado y demostrado. Ponce podría conformarse con completar faenas de aliño y relumbrón, o con cosechar remolonamente los frutos de una siembra que dura dos décadas, o -si gustara de halagar a ese público impresionable que confunde el toreo con los sobresaltos propios de las barracas de feria- con oficiar pantomimas de inmolación estatuaria. Pero Ponce ama el arte que profesa con el mismo denuedo y el mismo bendito entusiasmo con que lo amaba hace casi treinta años, cuando su abuelo Leandro lo puso delante de una becerra. Conservar esa vocación intacta después de los plurales desencantos de la edad y erosiones del oficio, después de la borrachera de los aplausos y las aclamaciones, es una virtud que está al alcance de muy pocos artistas. Llegar a cuajar esa vocación es casi un milagro; mantenerla indemne en el tráfago de los éxitos es un signo de gracia que sólo admite una explicación misteriosa. Admiro a Ponce porque sigue amando su arte como los adolescentes de antaño amaban a su primera novia: con candor y virilidad, con una pureza arrebatadora que hace de acero los cuerpos y de oro las almas, como las noches de aquel bendito poema que Gabriel y Galán dedicó al vaquerillo.
La semana pasada vi torear a Ponce, entre su apoteosis de Dax y su exultación bilbaína, en Cantalejo, un pueblecito de Segovia que, con una plaza que la antipatía jerárquica clasifica «de tercera», monta cada año una feria que para sí quisieran muchas capitales de ringorrango. Y allí contemplé esta cosa tan rara que ahora trato de explicarles. A Ponce le soltaron un toro camastrón y desangelado que no entraba a la muleta ni de casualidad. Otro torero de su ejecutoria se habría conformado con pegarle cuatro pases desganados y esbozar un gesto falsamente compungido para cubrir el expediente, antes de llevarse la guita; pero Ponce se inventó una faena imposible, se la inventó con un pundonor y una generosidad que sólo están al alcance de quienes aman su arte hasta el extremo, ligando unos muletazos a cámara lenta que nos hicieron creer que el toro valía algo. ¿Y por qué lo hizo? Al día siguiente, los periódicos de Madrid no iban a reseñar la corrida, si acaso le dedicarían roñosamente una gacetilla; de su suerte aquella tarde no dependía su escalafón, ni su caché, ni el reconocimiento de las camarillas taurinas. Ponce toreó como si le fuera el prestigio en aquel toro y en aquella plaza humilde porque ama su arte con ímpetu adolescente, porque no concibe otra forma de arte que no sea amor entregado y sin desmayo. Me pareció una lección de belleza y emoción incalculables; y, mientras lo veía dando la vuelta al ruedo, con las dos orejas que premiaban su esfuerzo, le susurré a un amigo: «Este cabrón no se va a retirar nunca».
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