Ponce ejerce magisterio y rezuma arte en Mont de Marsan, donde sale a hombros

21/07/2018 Mont de Marsan (Francia)

Balance: dos orejas, ovación y ovación

Ganadería: Núñez del Cuvillo

Enrique Ponce ha tenido que hacer uso de su reconocido magisterio para cuajar una espléndida tarde de toros en Mont de Marsan, donde el ganado de Cuvillo tuvo carencias que marcaron el mano a mano librado con Sebastián Castella. Gracias a ese magisterio, y sobre todo al milagro de su temple infinito, Enrique logró sacar el máximo partido de sus tres toros y, lo que es más importante, torearlos por momentos a placer. Tal fue el caso de la primera faena, una delicia para los paladares taurinos más exigentes. A ese le cortó la dos orejas que le aseguraron desde el primer momento la puerta grande. Pero hubo más, porque el maestro nunca se conforma, y solo la espada impidió que el resultado fuera más abultado en lo que a orejas se refiere.

Ese primero de la tarde estuvo limitado de fuerza y tampoco estaba sobrado de fondo. No pudo haber lucimiento con el capote dada la condición del toro, pero llegada la hora de la muleta, Ponce aplicó su infalible medicina de temple absoluto y ante ella el de Cuvillo se asentó y sirvió para que este gran artista desplegara una sinfonía de belleza y cadencia. Una auténtica obra de arte fruto de la madurez que atraviesa este torero inagotable. Hubo ciencia, sí, pero también creación artística, una faena en la línea de lo que el maestro está siendo capaz de expresar en los últimos tiempos. Una maravilla de buen gusto torero. Un prodigio, en especial al natural. La estocada con la que coronó fue el último paso para que le fueran otorgadas las dos orejas. Una buena manera de abrir boca.

Al segundo de su lote lo toreó con compás de capa y otra vez se dispuso a ofrecer almíbar a los aficionados franceses. Elegante, clásico y natural, volvió a cautivar a sus privilegiados receptores. Pero esta vez el enemigo no duró tanto, se agotó antes de la cuenta y de que Ponce pudiera coronar otra de sus grandes obras. Esto no habría sido óbice para que no le hubieran concedido una oreja de haber funcionado con más acierto la espada. La faena lo merecía.

Al quinto de la tarde lo recibió de forma lucida con el capote. Bonitos delantales antes de que, a la vista de como estaba saliendo la corrida, se cuidara al de Cuvillo en el caballo. Aun así el estado fue enemigo de poco empuje y colaboración. De nuevo obró Ponce el milagro de hacerlo embestir, dándole las pausas necesarias y manejando las alturas de su muleta para no forzarlo. Lo hizo todo a favor del toro y llegó incluso a hacerle la poncina como culminación de esta faena inventada casi desde la nada. Mató de estocada y fue despedido con una ovación antes de su triunfal salida a hombros.

Fotos: Julio Maza