04/08/2007 El Puerto de Santa María
Ponce ejerce su magisterio y sale a hombros
Balance: oreja y oreja con petición de otra tras aviso
Ganadería: Parladé
Enorme actuación de Enrique Ponce en El Puerto de Santa María, donde ha cuajado dos faenas de distinto signo que le han valido un triunfo de dos orejas y la salida por la puerta grande, convirtiéndose en uno de los grandes destacados de la temporada de verano de esta localidad gaditana.
La gran tarde de Enrique Ponce comenzó en el toro que abrió plaza, un manso integral de Parladé que comenzó por no querer capotes, frenándose de salida ante la presencia de los engaños. Después de recibir dos puyazos contundentes, el toro emprendió huida hacia los tendidos de sol, definiéndose pronto como un nulo colaborador. Pero no contaba este toro de Parladé con una particularidad: tenía delante a Ponce, que es inasequible al desaliento y a quien ni siquiera desilusionó el mal estilo que tenía este animal cada vez que, a regañadientes, tomaba la muleta. Lo primero que hizo Ponce fue arrancarlo de su querencia y cambiarle el terreno. Después lo sujetó a base de tocarlo con fuerza y dejarle la muleta en la cara, no sin tener que tragar gañafones del de Parladé. Ponce hizo bien en provocarle, única manera de lograr unas embestidas que cada vez presentaban menos asperezas, conducidas por perfectos e imperceptibles toques. Enrique había domado a la fiera. Parecía imposible, pero era así. Pero la faena no sólo brilló por su entramado técnico, la entrega del torero y su aguante, sino también porque Ponce terminó toreando a su oponente como si fuera bueno. Enorme estuvo con la mano izquierda antes de matar de estocada. Le fue concedida una oreja por un público rendido a sus pies.
Pero el despliegue poncista no había concluido. El cuarto fue un toro de más bonitas hechuras y más noble en su comportamiento. Ponce comenzó por cuajarlo con el capote, ganando terreno en preciosos lances rematados con media y revolera que fueron coreados por El Puerto. Cuidado en el caballo, el toro parecía gustar a Enrique, que lo brindó. El arranque de faena fue preciosista con doblones marca de la casa, pero el toro manifestó falta de fuerza en la primera serie y a partir de ahí fue perdiendo fuelle. En ese momento aparecieron los recursos de Ponce, su capacidad para llenar la escena y aprovechar los mejores viajes del toro para dejar muletazos espléndidos. Después de obligar a embestir al toro por los dos pitones y de embelesar al público con un auténtico despliegue de torería, el final de faena deparó uno de los momentos más intensos de la tarde. Ponce citó de frente al natural y toreó con gran empaque, y remató con doblones inmensos, en los que incluso cambió de pierna de apoyo en el momento de embroque con el toro. La gente, que había seguido como ensimismada esta faena, pidió con fuerza las dos orejas para Ponce, premio que el presidente redujo a un apéndice.
Con todo, el recital de Enrique en su doble versión, poderosa y artista, fue perfectamente captado y asimilado por la buena afición portuense. Con esa satisfacción, y a hombros de los aficionados, salió el torero de la plaza.

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