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Enrique Ponce se inventa su 33 puerta grande en Valencia

Por ZABALA DE LA SERNA

" Tiene el depósito a tope de ilusión y afición, como si estas dieciocho temporadas de alternativa, diecisiete años de figura del toreo, dando la cara en todas partes, no pesasen. Ya había anunciado que quería su treinta y tres puerta grande en Valencia, que sueña con cortar un rabo. Y se ha hecho vestidos nuevos de torear para Fallas. De momento su trigésimo tercera salida a hombros ya la ha conquistado. O mejor dicho, se la ha inventado. No conozco, ni veo, a ningún torero del escalafón capaz de meter en la muleta a un manso como el quinto y cortarle una oreja. Un manso, pacífico, eso sí, que peleó mal en el caballo, suelto y repuchándose, huido de peto a peto, de lado a lado de la plaza.
(Ah, una cosa más sobre Ponce antes de continuar: igual que aquí el año pasado se le recriminó que había venido a su tierra con dos porquerías de corridas, hoy sería injusto no subrayar la seriedad y la integridad de los toros de Alcurrucén.)
Bueno, pues, que, tras una tanda de no molestar al bruto animal, ya en la segunda serie de derechazos lo había imantado en el vuelo rojo de la franela. Y cuando luego parecía que se le iba a acabar le planteó los muletazos de uno en uno, antes de exprimirlo otra vez de manera continuada, en redondos de dominio y en pases de pecho de pitón a rabo. Ya el toro dijo a mí no me das tú ni uno más cuando Enrique Ponce lo quiso torear al natural, y se quedó con la mirada en la inopia. De postre, el matador se lo llevó hasta la misma boca de riego para perfilarse y atacar la muerte al volapié. No sé si la espada quedó exactamente en todo lo alto o mínimamente desprendida. Pero necesitó del refrendo del descabello, algo que ejecutó bellamente, en plan Roberto Domínguez.
A Ponce le había encantado desde salida el colorado segundo de buidos pitones y lo meció a la verónica. Lo cuidó en el caballo -fue el único al que no le sobraron las fuerzas- y le dio aire en un quite por delantales, abrochado con bella media. Lástima que, después de tanto mimo, al toro, aun noble, le faltase un punto de emoción y poder y otro de capacidad para humillar, de seguir la muleta por abajo medio metro más. La faena fue plástica, sin intensidad, llena de recursos estéticos poncistas. De nuevo el verduguillo remató una estocada atravesada que se escupió."...

 

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