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Ponce mantiene el rol de salvador
Por José Enrique Moreno
Nuevos nombres se asoman al horizonte, algunos
con ímpetus y razones para hacer sombra más
o menos duradera a los que ocupan la cima. Hay toreros de
los que ahora se habla mucho y mañana menos. Otros
que ocupan portadas de periódicos y aperturas de telediarios
como consecuencia de nuevas incursiones en la profesión.
Y otros que son novedad y que la gente quiere ver, llevados
por la ilusión del momento. Pero hay un torero que
parece incombustible, que por encima de modas, momentos, reapariciones
y novedades se mantiene en lo más alto. Eso sí
que es difícil, señor Ponce, aguantar tantos
años de tirar del carro, de salvar tardes y hasta ferias
con un paso que más bien parece de un emperador que
de un matador de toros.
A las pruebas me remito. Hoy Ponce ha salvado una tarde que
nació torcida. Fue capaz de enderezar un tronco que
crecía maleado por la falta de poder de los dos primeros
toros. Ya con su flojo primero dejó muestras de su
conocida capacidad técnica y de su temple y pulso infinito
para mantener en pie a un toro chochón que se caía
a chorros. Ponce manejó de forma magistral los tiempos,
hizo su trabajo técnico a la perfección pero
era mucho pedir que pusiera él también la emoción
que el toro no tenía. La faena, por tanto, gustó
pero no caló. No podía ser con un toro así.
El cuarto, con toque villamartón en sus hechuras,
le valió más a Ponce. E insisto en esto: a Ponce,
porque hay pocos toreros que puedan plantear y ejecutar una
faena tan completa a un toro con tantas carencias. Primero
estaba justo de raza y luego embestía siempre a su
aire, sin humillar. El valenciano se relajó en las
primeras tandas, desde el primer muletazo, y consiguió
que la faena no parara de crecer a base de atacar en el momento
oportuno. Cuando dejaba la muleta en la cara obligaba al toro
a repetir y ligaba series que enardecían a la gente.
Como el toro no quería embestir por el lado izquierdo,
Enrique se inventó preciosos cambios de mano. El toro
buscó las tablas al final y Ponce se sacó de
la manga un remate de faena con más toreo ligado y
doblones de gran calidad como postre. El clamor de la plaza
era de tal calibre que no se sabe qué habría
cortado de haber caído el toro después de la
primera estocada. La idea la da el hecho de que después
de cuatro descabellos le pidieron las dos orejas.
Ponce había defendido su sitio. Había puesto
las cosas en orden en ese tercero de la tarde, mostrando a
los jóvenes que el veterano no se jubila. Lección
para Talavante y Cayetano, que todavía tienen mucho
que aprender de toreros como éste.
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