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LA OPINIÓN DE MÁLAGA
Enrique Ponce: “Enrique Ponce, un Maestro que sienta cátedra”
DANIEL HERRERA
Cortó tres orejas tras dos faenas excepcionales.
Un maestro del toreo sentó cátedra ayer en La Malagueta. Enrique Ponce cortó tres orejas y dejó sensación de ser un figurón para la historia. Pocos podrán presumir de haber logrado un nivel técnico tan perfeccionado y haber sido capaz de cuajar tantos astados en su trayectoria profesional.
Camino de los dieciocho años de alternativa, y casi todos ellos en figura, nadie puede discutir el toreo del valenciano, de sobra conocido por los aficionados. Ayer fue fiel a su estilo de inicio a fin y dejó patente todas las virtudes que le han llevado a ocupar durante este tiempo un lugar privilegiado en el escalafón. Sus resultados son incontestables: dos de dos.
Ponce logró lucirse y, lo que a veces es más complicado, hacer lucirse a sus astados; a uno de ellos hasta el punto de conseguir que se le diera la vuelta al ruedo (el primero de Ramón Sorando), y en el otro (del hierro titular de Zalduendo) alguno incluso solicitó un indulto que ni de lejos habría sido justo. Eran toros diferentes, uno encastado y otro nobilísimo, y a ambos los entendió a la perfección.
La Puerta Grande la aseguró a las primeras de cambio, poniendo el listón muy alto para el resto de la tarde. La suavidad y verticalidad inicial de su trasteo, y la capacidad de dejar respirar al animal por no estar sobrado de fuerzas, fueron virtudes para cautivar al público en el toreo en redondo y circular, ya que el animal por el pitón izquierdo bajaba considerablemente; todo ello intercalado con detalles de buen gusto como un par de cambios de manos con sabor.
Más importancia si cabe tuvo lo logrado en el cuarto, un burel que al inicio de la faena se resistía a tomar la muleta y al que llevó a las inmediaciones del tendido 3; junto los terrenos que precisaba para embestir con gran calidad. Allí llegó el lío, con tandas de derechazos surgidas como por arte de magia, siempre a más, que hicieron que la afición malagueña se pusiera a su pies. Los naturales, desmayados, no desmerecieron; así como algún pase de pecho a cámara lenta. En la recta final, plegó la franela cual cartucho de pescado y terminó por enarbolar a unos tendidos que se convirtieron al ´poncismo´ al ver la templanza mostrada de inicio a fin. Por tres veces levantó al público de sus asientos antes de entrar a matar, lamentablemente de un pinchazo y una estocada corta, por lo que olía a dos orejas se quedó en sólo una.
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