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Por: Zabala de la Serna. ABC
Referente a la corrida celebrada el día 21 de abril de 2006 en La Real Maestranza de Caballería de Sevilla
De Ponce es el trono de Sevilla
De Enrique Ponce es el trono de Sevilla desde ayer. Andábamos entre las tinieblas de las dudas, que si Morante, que si El Cid, hasta que con la clarividencia de los privilegiados Ponce barrió con todo. Faena de perfección. Faena de Puerta del Príncipe. Porque era de rabo. Tarde histórica para el Sabio de Chiva. Tarde de rendición total de la Maestranza al maestro. Pasarán los años, pasará la vida, y la faena de Ponce se recordará de aquí a la eternidad. La contaremos a los nietos: «Yo recuerdo, hijo...» Y los nietos a los nietos. Los cimientos de la plaza se conmovieron, rugieron los tendidos, en pie en cada broche de cada serie. Faena incontestable de poder, indiscutible de planteamiento, intachable de temple. Limpia, fecunda de dominio, preñada de valor. De la bragueta de Ponce se ha hablado poco. Entiéndase taurinamente. La bragueta son los redaños, los pelés, la testosterona, la hombría, el depósito de gasolina para funcionar durante quince años en la cima del toreo sin aburrirse. O sin rajarse.
Cualquiera, después del comportamiento extraño del sobrero de Zalduendo, habría tirado la toalla. El toro embestía cruzado. Como si no viese. Primero se le venció por el pitón izquierdo; luego por el derecho. Arrollaba. Se arrancaba al bulto. De tal modo atropelló a E.P. durante la lidia. Providencial Morante al quite, lo mejor que hizo en su opaca tarde. Había runrún de incertidumbre, de malos presagios. Nubes negras como cuervos. Y de repente, como un haz de luz, aparece Ponce y borda un quite por delantales y media verónica de escándalo. La gente estalló y el toro cambió. O lo hizo parecer distinto. Mariano de la Viña lo lidió medido, por abajo, nítido. Y los hermanos Tejero compitieron con los rehiletes. Toma, toma y toma. Barullo de ovaciones y palmas, como si se presagiara la grandeza venidera.
Hace así Ponce, y con la majestuosidad de un cóndor se abre con el toro a los medios, doblada a doblada, genuflexo. Le enseña el camino, lo educa. La estética se suma al poderío. Recuerdo hace años, cuando le discutían a Enrique, que a esto cuatro botarates le llamaban toreo accesorio. Joder con lo accesorio. Cuando se incorpora el Sabio, la nubes han aclarado su color, como si los focos reflectasen en el vestido tabaco y oro; los gestos sombríos del personal se iluminan de sonrisas y admiración. Pero Ponce no ha hecho más que empezar su lección, que sigue sobre la mano derecha, ceñidos los viajes, sin quitarle al zalduendo la muleta de la cara, absolutamente relajado el torero, natural la cintura. La cosa ya es de manicomio cuando remata con un cambio de mano. La música ya había roto a sonar pero no se escucha. El pasodoble está en la arena. Corchea a corchea. Liga Ponce otra tanda maciza y se echa por delante todo el toro en el pase de pecho que dobla a la Giralda, que se asoma, curiosa, entre el griterío. La izquierda toma el relevo y sigue la partitura de la obra maestra. De uno en uno, a modo de cartucho de pescao, Ponce se crece en su torería. Entre las series hay unas pausas en las que se sigue sin oír la música. Sólo el silencio y la concentración de Ponce con el toro, del público con Ponce, enmudecen el aire. Otras dobladas de cierre. Y la espada, los dedos cruzados. Mas la espada se convierte en la cruz. Lo intenta dos veces, hasta que concibe la suerte contraria como la solución, como la que era. Dos vueltas al ruedo de apoteosis que valen más que la oreja que se come el presidente. Tres con la que le sacó al geniudo primero, un pájaro. Un esfuerzo y otro regalo de sabiduría de Ponce. Otro más. El trono de esta feria tiene dueño. Difícil será que nadie supere lo escrito sobre el albero maestrante. Faena de rabo. Histórica.
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