enrique ponce
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Por: Horacio Soto Castro. El Esto.
Referente a la corrida celebrada el día 6 de noviembre de 2005 en México D.F.

La tarde se llamó Enrique Ponce. Alcanzó el título más que de maestro, el de Doctor Honoris Causa.

La tarde se llamó Enrique Ponce, luego de que el diestro valenciano cortó cuatro orejas y un rabo por su inconmensurable actuación. Cuajó soberbias faenas, pletóricas de arte, temple y elegancia que convirtieron en un inmenso manicomio a la Plaza México, pues propios y extraños llegaron al paroxismo, mientras el matador era sacado a hombros.

Enrique Ponce consumó su sueño acariciado de cortar un rabo en el coso de Insurgentes, tras un largo peregrimar que durante 13 años lo buscó afanosamente y ayer lo encontró en el toro n. 86, Protagonista, al que le consumó una faena que será inolvidable, que pasará a los anales taurinos con letras de oro. Los tendidos se pintaron de blanco solicitando los máximos trofeos para el de Chiva. El juez soltó dos orejas y el público encrespado solicitó el rabo que se otorgó finalmente, entre el júbilo general, con los consagratorios gritos de ¡torero..., ¡torero...!

Ponce dio la vuelta con una amplia sonrisa devolviendo toda clase de prendas y al llegar al grupo de Ingenieros, le soltaron una tintorería. Se fue al centro del ruedo, tomó un puñado de arena y levantó el brazo para que la plaza estallara en toda clase de manifestaciones festivas en forma sostenida durante un buen tiempo teniendo como fondo las sonoras dianas. Hacía tiempo que un matador no salía con cuatro orejas y un rabo.

Enrique Ponce cuajó una faena completa en la que no hubo ninguna pausa y las ovaciones fueron continuas desde que se abrió de capa para lograr una tercia de verónicas aterciopeladas...En quites volvió a repetir la suerte, en esta ocasión por el lado izquierdo y logró tres medias de tarjeta postal y nuevamente soltar una punta del capote. Los olés no se hicieron esperar, retumbando en el inmenso escenario.

 Para que ninguno del público se sintiera, Enrique Ponce esparció su toreo por todo el ruedo, lleno de arte y temple, con adornos de un gusto exquisito. A la faena le dio su tiempo y espacio y dejaba reposar al toro.

Se llevó al astado al centro del ruedo con pases de la firma y de trinchera de mucho colorido con trazos finos. Definidos. Luego por allá en sol, luego por acá en sombra, en la zona de matadores y finalmente en el centro del ruedo y en toriles. Muletazos con la derecha de vuelta entera y hasta de doble vuelta, ya que llevaba embebido en su muleta mágica el valenciano. Los cambios de mano para los naturales eran unas pinceladas luminosas y los muletazos, cegaban por su brillantez. El circurret y los de pecho llevaban un sello imborrable que garantizaba el arte puro. Los ayudados los daba en dos tiempos para que el público los saboreara en toda su plenitud. El pase del desdén fue de muchos quilates. Terminó con muletazos por la cara, de trinchera y de la firma y concluyó con un abaniqueo dejando ver todo su poder. Luego vino lo antes descrito.

El nombre de Enrique Ponce entró al arco de triunfadores que aparece en la parte posterior de la entrada principal de plaza México. Seguramente ya desde anoche fue colocado.
La gente estaba exhausta de tanto gritar ¡torero!, ¡torero! El público se desbordó y las dianas festivas en su honor.

Enrique Ponce, además de un reconocido artista, ya alcanzó el título, más que de maestro, el de doctor honoris causa.

Enrique Ponce estuvo soberbio, único en su quehacer taurino.

 

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