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Por: Carlos Bueno.
Publicado en Avance Taurino de Valencia el 16 de marzo de 2005 con motivo de los 15 años de la alternativa de Enrique Ponce.
¿Por qué torea Enrique Ponce?
¿Por qué torea Enrique Ponce? ¿Por qué lo sigue haciendo ahora que ya todo lo ha conseguido? ¿Qué más puede esperar? ¿Dinero? No, no lo creo. Ha ganado tanto toreando y ha sabido invertirlo tan bien, que no se acabaría todo el que tiene aunque tres vidas viviera. ¿Gloria, reconocimiento? No; una a una, todas las plazas han acabado por rendirse a sus pies. Salvo algún capricho, como cortar un rabo en La Monumental de México, ya no le queda nada por conquistar. Enrique lo ha hecho todo: ha pasado de las cien corridas 10 años consecutivos, sigue regalando un amplio puñado de faenas de Arte -con mayúscula- todas las temporadas, y ha protagonizado varias de las faenas de más valor y poder que la historia recuerda. Sí, de valor dantesco, una de las cualidades referenciales del de Chiva. Porque sobre la base del valor verdadero y consciente cimienta Ponce todo su repertorio taurómaco.
La regularidad en el éxito ha sido una constante en su carrera. Pero se trata de regularidad en faenas al más alto nivel, convirtiendo lo excepcional en habitual, y eso, injustamente, ha jugado en su contra muchas veces, le ha quitado el mérito importantísimo y casi increíble que ello conlleva. La facilidad que exhibe Ponce ante los toros, su naturalidad, su aparente tranquilidad, es posiblemente lo más difícil de conseguir cuando uno se está jugando la vida. ¿Qué cómo lo consigue? Posiblemente ese no sea su mérito: porque lo han parido para ser lo que es.
Decía Emilio, su padre, que Enrique tenía que ser el mejor en lo que se propusiese. Su carácter le revela cuando queda en segundo lugar. Es ambicioso, que no envidioso, y no le gusta perder ni a las chapas. “Toca” el balón como pocos, cazando agudiza la puntería como nadie, y compendia una serie de cualidades para el toreo que le han convertido en uno de los toreros más importantes de todos los tiempos.
Pero nunca le han regalado nada, ni nada fue fácil en su carrera. Salió lanzado después de triunfar en solitario frente a una corrida que nadie quería, hasta el granizo pretendió aguar su despegue. Era la quinta corrida de su vida, y la inmediatamente anterior había sido mes y medio antes en Cadalso de los Vidrios, donde fue cogido. Allí, en la enfermería, Ponce llegó a preguntarse si valía la pena seguir. ¡Y vaya si valió la pena!
Llegaron las corridas, el torear a diario. Enrique tenía capacidad para comer hoy aquí y mañana allá a cualquier hora, y para dormir en la furgoneta y luego estar inspirado a las cinco de la tarde. ¿Quién dijo que ser figura del toreo era fácil? Llegó el éxito, y las responsabilidades. Él nunca se escondió, y dio la cara en todas las plazas, en todas las fechas y con todas las ganaderías. Llegaron las cornadas, pocas pero graves, sobre todo la cogida de León, que le hizo llegar a ver la luz al final del túnel. No, no fue coser y cantar.
Ya han pasado 15 años desde su alternativa y Enrique Ponce continúa siendo un referente en todas las ferias. Atrás ha ido dejando a muchos compañeros de diferentes generaciones que acabaron doblegándose ante tanto poder. Dice que no se ve toreando con 40 años. Yo sí, le veo y le intuyo disfrutando. Toreando menos pero toreando. Es lo que le da la vida.
¿Que por qué torea Enrique Ponce? Porque tiene una afición descomunal y porque ama su profesión hasta la pasión desmedida. Es un regalo que nos ha tocado vivir.
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