enrique ponce
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Por: Zabala de la Serna. ABC.
Referente a la corrida celebrada el 19 de agosto de 2004 en la plaza de Bilbao.

El minotauro de Chiva

Siempre causa asombro la naturaleza del torero, como si fuera de otra raza. Ponce, herido brutalmente en el ruedo, ha vuelto por todo lo alto dos meses después.

Hace unas semanas ni siquiera había apuestas sobre cuándo reaparecería Enrique Ponce. "Hombre, después de Bilbao". Transcurridos dos meses desde la cogida completa de Alicante -cornada, fractura de clavícula y cuatro costillas-, la lógica del aficionado y de los profesionales daba por hecho que una figura como Ponce, con todo logrado en el toreo y en la vida, evitaría el atragantón de las Corridas Generales bilbaínas, puerto de primera categoría por su toro y su repercusión. Nadie contaba con la afición y el orgullo de Enrique Ponce. En su mente había una idea: si no se recuperaba de la lesión a tiempo, ya no volvería hasta septiembre. No quería abrir la más mínima puerta a la duda. "Claro, ha dejado pasar Bilbao y ahora torea en Almería". Al enemigo ni agua. Porque el camino de Ponce, aunque parezca de rosas, siempre ha sido vigilado por francotiradores que le han negado cualquier virtud, el pan y la sal. Y sonaron los clarines de Bilbo y ahí estaba, en el patio de cuadrillas, enfundado en el mismo terno vino y oro del día de la cornada, dispuesto a matar la misma ganadería que lo envió sesenta días antes al lecho del dolor. El gesto adquirió unas dimensiones inabarcables en tiempos donde no abundan los gestos gallardos de toreros machos. La plaza se levantó en una atronadora y sentida ovación al desembocar el paseíllo. Cuentan las crónicas que un par de fechas antes había bordado el toreo en Málaga. Y al día siguiente en Játiva. Y el viernes último, veinticuatro horas después de la gesta, en la Vista Alegre de arenas negras, que yo lo ví. No se puede torear más despacio. "Es una bestia", pensé. Como lo pensé, lo escribí: "Un animal nacido y hecho para el toreo". Pero, ¿qué animal? Y entonces recordé una vez que en una entrevista me había confesado que toreaba porque desde niño creía que los toreros eran dioses. La Mitología entraba en juego. Ningún dios del Olimpo donde ahora perdemos incluso a las canicas intuiría e interpretaría los pensamientos del toro y los conduciría hacía el diván de su muleta para exprimirlos en un sicoanálisisi freudiano con una plasticidad natural: sólo el Minotauro, sólo uny hombre con mentalidad y cabeza de toro, podía ser capaz de navegar por el laberinto de los instintos bravos sin perderse. Eureka. Ésa era la bestia. El Minotauro.

Desde que con once años el viejo y muerto maestro Zabala lo vio en Montepicayo supo que se encontraba ante una figura en potencia. Ya ha llovido. En 1990 se convirtió en matador de toros en su amada Valencia, la tierra de las flores y la luz. La lucha hasta despegar se tornó dura. Y fue precisamente Bilbao la plaza que lo lanzó. Ponce no olvida. Por eso quería unir los huesos cuanto antes para devolver el cariño que Vista Alegre le entregó en su momento. Desde entonces se le ha emparejado y se le ha medido con todos los grandes del firmamento taurino: Rincón, Joselito, José Tomás, El Juli... Ajeno a polémicas, él ha pedaleado a su ritmo con la cadencia de Amstrong. No ha rehuido ni plazas ni televisiones cuando proclamaban que la televisión quemaba, y al final lo que se ha quemado ha sido la propia televisión de Caffarel, que no quiere toros, que no ha posado en La Moncloa con una montera de astracán y en plan top model con sus "compis" del Gobierno paritario, que TVE es como otra cartera, otro ministerio, quebrado y sin fondos, pero ministerio a la postre, donde convive Fran Llorente con José Luis Moreno y sus muñecos de carne musculada y sus barbies en bragas. El drama de la cogida de Ponce en Alicante lo repitieron en Telediarios y programas del corazón una y mil veces; a la reaparición no le han prestado la misma atención: sólo vende la sangre de los toreros, que dispara los picos de audiencia,y sus polvos...

Enrique Ponce enterró en los campos jiennenses su tesoro de catorce años, miles de olivos que hoy escurren litros y litros de aceite virgen. Y aquí sigue. Después de diez temporadas consecutivas sumando más de cien corridas. Rotas las barreras, las trabas, las envidias, las insidias, los récords, su prestigio crece. Su reconocimiento es más unánime que nunca, por encima de gustos y paladares. Hay dos motores que impulsan su nave y los dos se hallan en el corazón: el valor sereno y el amor profundo a la profesión. Y un tercero que se encuentra en su cabeza, la del Minotauro. De Chiva.


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