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Por: José Antonio del Moral. www.andalucia.net/jadelmoral
Referente a la corrida celebrada el 8 de septiembre de 2004 en la plaza de Valladolid.
Enrique Ponce, portentoso e imperial
Cortó la oreja de un muy flojo sustituto de Angel Sánchez con el que sublimó el temple y las dos de un bravucón muy encastado y en principio difícil de Victoriano del Río que transformó de violento en dulce con una faena en la que volvió a mostrarse el torero sin techo.
Valladolid. Plaza del paseo Zorrilla. 8 de septiembre de 2004. Calor y lleno total. Cinco toros de Victoriano del Río, desigualmente presentados y en general nobles aunque flojos en distintos grados de bravura, salvo el cuarto que resultó el más lucido del envío por su violento y encastado comportamiento que desembocó en muy noble gracias a su portentoso lidiador. En primer lugar se corrió un sustituto de Angel Sánchez y Sánchez de justa presencia y noble aunque muy flojo. Enrique Ponce (tabaco y oro): Estocada trasera, oreja. Media estocada, dos orejas con vuelta clamorosa. Salió a hombros...
A los que llevamos años siguiendo de cerca la carrera de Enrique Ponce y tenemos que escribir u opinar después de cada una de sus corridas, empiezan a faltarnos adjetivos – al menos a quien firma esta crónica – para calificar sus mejores tardes. Son ya tantas y de tan gran nivel que decir otra vez que estuvo cumbre no es bastante. ¿Cuántas veces ha estado Ponce cumbre?. Innumerables. También veníamos diciendo varias veces que era un torero sin techo y, asimismo, esta definición resulta ya baldía por insuficiente. Abarcar lo que el toreo supone como ejercicio en el que la máxima destreza con cualquier clase de toros resume todo lo demás, tampoco nos vale. Entonces y a estas alturas de la vida profesional del valenciano, no se nos ocurren otras palabras que portentoso e imperial. Porque portento es lo que supera lo insuperable e imperio el reinado sobre varias naciones en todos los confines del universo. Que Ponce reina en el toreo mundial desde hace mucho tiempo, es algo reconocido ya por todos. Pero lo trascendente es que al verle como ayer en Valladolid da la impresión de que su imperio crece y crece sin techo - ni medida - porque si su destreza es cada vez más asombrosa, su valor crece en vez de declinar sin que sus últimas cornadas hayan hecho la más mínima mella en su ánimo, su inteligencia es más fina y atinada cada temporada que suma y su sentido del temple y del mando sobre los toros los expresa en creciente relación con sus sentimientos creativos hasta el ¡basta ya¡.
En la corrida que nos ocupa comentar empezó por sostener y torear a un toro que en otras manos se hubiera derrumbado varias veces. Y la terminó con una de las faenas más importantes que le hayamos visto entre las más famosas porque fue un compendio sublimado de ciencia, valor, inteligencia y arte.
El toro salió huidizo de capotes aunque en cuanto vio a los caballos quiso irse para ellos con pronta codicia hasta el punto de que derribó en el primer encuentro y mientras los monosabios intentaban levantar al equino, Ponce ordenó a su otro picador que se colocara en el sitio adecuado para otro puyazo y el toro derribó de nuevo quedando casi entero cuando tocaron a banderillas, tercio en el que los peones pasaron serios apuros aunque resolutos y acertados. Desafiante y pidiendo guerra quedó el toro en el tercio y allí se encaró Ponce con él y enseguida por bajo para someterlo sin lograrlo de momento. Ya en los medios y al citar con la derecha por mirón, el toro se fue directo al pecho de Ponce que hubo de rectificar su posición inicial para no resultar arrollado. Hasta que, ya advertido tan avisas intenciones, Ponce se colocó de nuevo frente al toro y comenzó la parte vistosa de la lección. Látigo de seda manejado primero con precisión milimétrica por exactas distancias, altura debida del engaño, toques oportunos, templando sin un solo enganchón y llevando la muleta cada vez más de arriba abajo y cada vez más para dentro hasta rematar detrás de la cadera, la violencia del animal fue transformándose en más dulce y tanto por redondos como al natural, cambios de mano perfectamente sincronizados, circulares eternos, doblones o ayudados finales y media estocada en lo alto, la obra desembocó en gloriosa y celebrada en medio del delirio de los espectadores...
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