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Por: José Carlos Arévalo. 6 Toros 6.
Referente a la corrida celebrada el 30 de mayo de 2004 en la plaza de Nîmes (Francia).
Enrique Ponce al frente del toreo.
Enrique Ponce, ese inmenso torero
Se vio torear en Nimes todas las tardes. Fragmentariamente o en lidias completas. . Pero la cumbre de esta gran feria fue el toreo de Enrique Ponce. Sobre todo al bravo, noble y repetidor "Anheloso", al que hizo una faena de mucha mayor entidad que la ejecutada en Valencia a otro toro de Juan Pedro Domecq, "Berreón", nº5, que parecía una cúspide inalcanzable del torero. Pero también fue muy importante su faena al sexto toro de Samuel Flores, mansurrón y violento, al que impuso un inaudito toreo ligado en redondo.
Pero hay que hablar de la faena a "Anheloso" porque Ponce desgranó con él un toreo tan maravilloso, tan perfecto, tan templado y cadencioso que parecía a salvo de toda contingencia real. Sucedió como si fuera un sueño, y cualquier análisis técnico resulta improcedente y pretencioso. Cuando un toro es tan bravo y tan noble, y un torero supera con arte esas cualidades, aficionados y públicos enloquecen en la plaza. Pero, después, los aficionados más racionalistas suelen cabrearse, porque se quedan sin palabras.Es como si la bravura y el toreo les exigieran algo muy difícil: ser capaces de expresar la emoción que sintieron y estar a la altura de ambos.
Para mí la faena tuvo un secreto: el tiempo. Pues el tiempo es la clave de un arte temporal, que nace, vive y muere ante nuestros ojos. Dilatar el tiempo, atemperarlo hasta salirse de él, situar la acción del toreo fuera del tiempo en eso reside la magia del temple.
Enrique Ponce, despacioso sin cuento, mayestático y natural, con la naturalidad del maestro consumado, sin una pizca de picardía estética, realizando el milagro como si la cosa no fuera con él, sin llegar a la displicencia pero, casi, como si no le importara, deslizó naturales y redondos inmersos en un temple líquido, fluyente, que los eternizaba, cadenciosos y hermosos, en series largas, consumadas por pases de pecho monumentales.
¿Puede haber ritmo, compás, cuando el toreo se desgrana en un tempo tan lento? Sí. Y son el compás y el ritmo más difíciles, persisten como movimientos pendulares que se pierden en el infinito, tienen el secreto que descubrieron los músicos y los poetas: la cadencia.
Este, el toreo fundamental en que se basó la faena, fue para mí lo más importante de la obra, una obra musical, poética. Y sin embargo, por la luminosa perfección de esta interpretación del toreo fundamental, fue la parte apolínea de la faena, la que menos produjo la emoción estética más humana.
Pero tuvo, además, otra fase dionisíaca, telúrica, de emoción animal y sobrehumana, la que sucedió cuando el torero y el toro parecían fundidos en uno solo. Antes, el toreo había sido un hilo invisible, al que la embestida se sometía como un bailarín a su coreógrafo. Después, la coreografía perteneció a los dos. Y la borrachera estética en que se sumergió el público alcanzó las cotas de ebria lucidez que a mí me provocó el toreo por naturales. Empezó por una dosantina -circular iniciado de espaldas- que se prolongó en un cambio de muleta a la mano izquierda, prolongado en un inmenso pase de la firma, ligado, sin perder un paso, a un pase de pecho largo, en redondo, de hecho, el natural invertido más inverosímil que yo haya visto en mi vida. Y a partir de entonces se disolvieron los terrenos del torero y del toro, se fundieron sus voluntades, el toreo se ligaba en redondo y, sin perder la continuidad, pasaba al pitón contrario. Parecían, toro y torero, condenados a torear hasta el infinito, la gente no salía del éxtasis y fue lo más natural del mundo que aquella faena no terminara, pues el indulto, concedido con taurómaca justicia y absoluta coherencia estética, la dejó sin terminar para siempre.
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