enrique ponce
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Por: José Antonio del Moral. www.andalucia.net/jadelmoral
Referente a la corrida celebrada el 30 de mayo de 2004 en la plaza de Nîmes (Francia).

Una de las faenas más grandes que vieron los siglos

Tuvo que suceder en Nimes y por la mañana, plaza y hora que suman varios acontecimientos históricos desde que Simón Casas se hizo cargo de la dirección del bimilenario Coliseo Romano, marco también incomparable del toreo mundial. En esta ocasión, el autor del suceso fue Enrique Ponce por indultar al primer toro de una nobilísima corrida de Juan Pedro Domecq. Indulto que hace el número 28 en la vida profesional del valenciano (segundo en Francia) aunque lo de menos sea el hecho excepcional que supone lograr que a un toro se le perdone la vida por su bravura y nobleza. Lo más importante fue que Ponce lo consiguió por llevar a cabo la mejor de cuantas grandes faenas haya logrado hasta el presente, superando a las más importantes entre las del grupo de las artísticas. Mejor que todas las de México y las de Valencia. Mejor que aquella de Granada de 1991 al toro de Peralta, las de los “Sepulveda” y Aatanasio en Bilbao. Mejor que en las que el año pasado “habló con Dios” en Osuna. Mejor que la de la clausura del último septiembre en Dax. Mejor que las dos de las pasadas Fallas. Y digo mejor porque el propio diestro lo reconoció inmediatamente después de cuajarla.

No importa que algunos que lean esta crónica no lo crean. Lo importante es dar fe de ello y de que, tanto yo como cuantos llenábamos la plaza de Nimes, la vimos atónitos, incluidos todos los profesionales del toreo que estaban en el callejón. Y, ¿ por qué ha sido la mejor?. Pues porque nadie había conseguido una obra tan singularmente templada hasta parar el tiempo de principio a interminable fin porque después de que el toro fuera indultado Ponce nos obsequió con un postre de verdadero desideratum. Tampoco tan variada e inspirada en su concepto, ni tan bien ligada, ni tan perfecta desde el punto de vista que se quiera contemplar. El toro fue excelente pero la faena realmente histórica hasta hacer temblar las piedras del fantástico escenario de la Roma Imperial. Jamás vimos algo más limpio y cristalino, más despacioso y elegante, más preciso y sin mácula, más intenso y a la vez más variado y sutil. No cabe entrar en todos los detalles. Baste decir que tanto en las suertes naturales como en las cambiadas con las dos manos, Ponce pareció vaciarse placenteramente de todo lo que lleva dentro como torero y como artista. Si hacía solo dos días resolvió los problemas insolubles que le plantearon los dos toros de “Valdefresno” en Madrid, no es de extrañar que ante un animal tan colaborador como fue el de Juan Pedro alcanzase cotas hasta el presente inalcanzadas por cualquier otro torero. Únicamente sobre su amplísimo bagaje técnico, sostenido por tanto valor como inteligencia se puede entender que Ponce alcanzara tanta perfección.

Curiosamente y aunque a Ponce se le concedieron las dos orejas y el rabo simbólicos, no pudo pasear los de otro animal por ser el que abrió la tarde. Y para mayor curiosidad del caso, también cabe mencionar que esta corrida vivió una salida a hombros de un torero aún sin matar a ningún toro porque el segundo de Ponce se lastimó hasta echarse en pleno intento de faena y tuvo que ser apuntillado.


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