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Por: Juan Posada. La Razón.
Referente a la corrida celebrada el 28 de mayo de 2004 en la plaza de Las Ventas (Madrid).
El público rindió homenaje a Enrique Ponce...
Ayer la plaza de Madrid se levantó para homenajear a Enrique Ponce en desagravio de las injustas protestas de una minoría durante su magistral faena al manso cuarto. Este torero, un portento de técnica, valor y afición, se las entiende con los bravos, los mansos y los malos.
El aficionado, al menos así era hasta hace unos años, acude a la plaza a divertirse pero también y principalmente a paladear el buen toreo, en su caso o, por el contrario, la mejor lidia. La actuación de Ponce con sus dos toros, lección de adaptación a las condiciones de los animales y actuar en consecuencia. Desarrolló inteligencia, espléndida técnica y, cuando encontró oportunidad, hasta recreo, como en unos derechazos redondos, prodigio de buen hacer.
Con su primero, que embestía con la cara alta, realizó una práctica torera muy utilizada por los que saben torear: los primeros muletazos a media altura para, poco a poco bajar la mano hasta lograr que el animal medio humillara. Citó con la izquierda y el toro salió suelto de los dos primeros. Insistió y, por una vez, dejó la muleta retrasada, el toro lo vio y casi se lo lleva por delante. Los redondos finales, con la muleta en el hocico, adelantar la pierna y no dudar cuando le miraba las ingles.
La faena al cuarto, digna de una escuela de tauromaquis. Utilizó la misma técnica pero con más ahínco, más salsa. Los naturales, consintiéndolo mucho y el engaño siempre en el hocico del morlaco. Cuando sonaban algunos pititos, dos tandas de derechazos en redondo, mimando la arrancada a fuerza de templarse con ella, y por supuesto, dejando ver las ingles. Los ayudados finales a dos manos, francamente dignos de estudio. Los pases finales, muy alrededor del toro, completamente dominado, rematados con una trinchera perfecta.
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