enrique ponce
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Por: Zabala de la Serna. ABC.
Referente a la corrida celebrada el 28 de mayo de 2004 en la plaza de Las Ventas (Madrid).

Ponce, por encima de la gran mansada

Enrique Ponce se agarró a su magisterio, como King-Kong al Empire State de la gran manzana, para imponerse a la gran mansada: un monstruo. Ponce estuvo por encima, muy por encima, de los mansos descastados de Valdefresno, infumables de aburridos y pesados, incluso por encima del tiempo (1 y 2 avisos, respectivamente). Pero el torerazo de Valencia no se aburre ni le aburren los toros ni los anti. A ver quién en el escalafón le hace faena al cuarto con tal perfección técnica... Exprimió hasta las últimas gotas de un fruto sin jugo. Sobó las embestidas sobre la mano derecha, educó los viajes, siempre con la intención de alargarlos hasta más allá de donde no querían, lo fue metiendo en la muleta sabia, con la izquierda ganándole el paso para provocar las arrancadas. Ni un enganchón, ni un trallazo, con la cabeza de un Minotauro. Eso es. Ponce debió de ser Minotauro en otra vida, mitad hombre, mitad toro. De otra manera no se entiende su comprensión sobre la sicología de los toros. Y cuando ya más metido estaba el mulote en la franela carmesí apretó el acelerador, le bajó la tela, lo quiso reventar de una vez, con un cambio de mano cumbre, con el valor sobrio, sin aspavientos ni ayes: lo que gusta un ay. Y el toro que ya se le metía mucho. Entretanto hubo sus tiempos contra el reloj de arena: qué pasión (o deformación) hace falta para estar cronometrando en un tendido los diez minutos reglamentarios. A mí tampoco me gustan los avisos, pero el de Valdefresno necesitaba espacios y desahogos: se hubiera acobardado con otra táctica. E.P. cerró faena hacia tablas con la plasticidad erguida en trincherillas y adornos, y lo volvió a abrir para volverlo a cerrar -qué listo es el tipo- con otra plasticidad, ahora genuflexa. Mientras más de tres cuartos de plaza disfrutaba de los muletazos por bajo, otro cuarto, y ya es mucho, se desvivía en pedir la hora, como un equipo que gana por la mínima en el minuto 89. Sonó el aviso, Ponce se había pasado, y aquéllos respiraron felices. Como pinchó varias veces, querían más, otro aviso que llegó. Dos avisos no son dignos de una figura del toreo; entender así a un toro, sí, y para ello Ponce sobrevoló el tiempo y el Reglamento. Los machacas vislumbraban la posibilidad de un tercer recado presidencial frotándose las manos. No llegó. Qué pena. La ovación de quienes siguieron la faena con interés se impuso a quienes la denostaron desde el primer muletazo, y el maestro de Chiva salió a la raya de picar para recogerla.

Ponce es cabezón, tesonero, poseedor de una afición descomunal que le hace sacar partido hasta de un autobús, por rajado que se ponga, como el segundo de la tarde, que se refugió entre las rayas tras rechazar el engaño con la cara arriba por el pitón izquierdo, bajo el «10». Lo empapó de muleta, que no se despegó de la cara, en varios circulares sin solución de continuidad. Sí que debió concluir la obra en este punto; se hubiese ahorrado el clarinazo.


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