enrique ponce
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Por: Zabala de la Serna. ABC.
Referente a la corrida celebrada el 20 de marzo de 2004 en la plaza Valencia.

Otra vez Ponce, ahora al natural

...Hoy, cuando se me han vaciado los adjetivos de la pluma, y una extraña serenidad me invade, contemplo la faena que al maestro le valió las dos orejas del toro que abrió plaza desde un plano distinto, desde un piso todavía más admirativo hacia su figura: ¿cómo podría estar a la altura de la obra de orfebre mago que cautivó Valencia el día anterior? Sencillamente con la naturalidad del Ponce que siempre encandiló, sobre el toreo fundamental, sin tanta gracia celeste, pero con la categoría maciza, incluso más unificada, de su concepto. E.P. se abandonó a las musas anteayer, y ayer, sin tanta exquisita variedad, regresó al Ponce incombustible.

Ya el cambio de mano del principio de obra fue un cartel de toros. Y luego se despatarró en una tanda diestra, ligada y absoluta de muletazos larguísimos. Otra serie de redondos se desarrolló sin solución de continuidad, indivisible. Al natural fue de menos a más. Primero perdió pasos, y cuando el toro se confió, ligó. La faena fue así, muy concentrada, con el pupilo de los Fraile que repetía y repetía. Otro cambio de mano se convirtió en un horizonte lejano en la prolongación sobre la zurda, en una especie de circular como la línea del cielo que se junta con el mar: ¿dónde acaba uno y empieza otro? El único pero que le pongo a Enrique Ponce es que le faltó un final contundente. Sobraron los naturales que quiso dar ya con la espada de matar, aunque el cierre de faena hacia tablas parió extraordinarios muletazos por bajo, con la planta erguida.

En el cuarto aportó la emoción de la que carecía el ejemplar de Algarra, sin fuelle apenas para mantener una obra coherente. Enrique Ponce, una vez probadas ambas manos, con limpieza y sin un tirón, escasa la izquierda por el recorrido del toro, se metió en su terreno con majestad, elegancia y sitio. Entre los pitones jugó, incluso clavó una rodilla en tierra, cuando se le paró el viaje y ni siquiera pestañeó. Acabó por agarrar un cuerno en una imagen de fuerza. Pinchó, cobró media estocada que diluía la oreja y volvió a elevarla y meterla en su buchaca con un descabello torerísimo, en plan Roberto Domínguez, despejadas las cuadrillas.


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