Soberbia tarde de Ponce en Bilbao que la espada deja sin trofeos

19/08/2014 Bilbao

Balance: ovación, silencio y ovación

Ganadería: Juan Pedro Domecq/Victorino/Sobrero de Juan Pedro Domecq

La primera comparecencia de Enrique Ponce en esta Semana Grande de Bilbao tenía muchas connotaciones para convertirse en un auténtico acontecimiento. Sus 25 temporadas como matador de toros, su lazo sentimental con esta plaza, su recital del año pasado… Todo apuntaba a que podía ser una tarde inolvidable esta en la que compartía cartel con Pablo Hermoso, otro que también está en la historia del toreo a caballo después de 25 años de alternativa.

En honor a las trayectorias de ambos hubo Aurresku en el comienzo de la corrida, ese baile dedicado a los héroes, a los grandes, en este caso de la tauromaquia. Y Ponce hizo los honores a este cálido recibimiento con una tarde espléndida en la que dio gusto verle con un toro sin fondo, aplicó su magisterio a un pájaro de Victorino y compuso una de sus sinfonías al sobrero de Juan Pedro. Tarde para el recuerdo, por tanto, para observadores avezados, para profesionales.

Pero vayamos por partes…

De extrema suavidad y calidad fue el recibo de capa al primero de su lote, al que dio lances por el pitón izquierdo que fueron auténticas caricias, rematando con buena media. El toro de Juan Pedro estaba medido de fuerza y Ponce se preocupó de que lo cuidaran en los dos puyazos que recibió. Le hizo un quite por chicuelinas de brillante ejecución.

En el comienzo de faena no lo forzó y dibujó un cambio de mano preludio de la calidad que iba a presidir toda la faena. La siguiente serie fue mimo y compostura para ir haciendo al toro. En el toreo al natural también estuvo brillante pero sin la transmisión que le faltaba a astado, al que cada vez le costaba más embestir. Siguió toreando por la derecha poniendo lo que al toro le faltaba. Agotó todas las embestidas de este soso enemigo, de forma que quedó meridianamente claro que hacía sido superior. Al final se pegó un arrimón serio apurando de una forma magistral cada una de sus embestidas. No se puede estar mejor, más sobrado y más artista, con un toro con calidad pero al que le faltaron muchas cosas para poder transmitir emoción al tendido.

Molestas rachas de viento se levantaron cuando a Ponce le tocó recibir al serio toro de Victorino. Este, haciendo honor a su casta, se quedó muy corto en el capote, problema que Ponce resolvió con oficio bregando muy bien con él y sacándolo a los medios. El toro recibió tres puyazos que no apagaron y sus malas intenciones.

Ponce comenzó la faena con la derecha sobando bien al toro para intentar corregir su defecto de quedarse siempre en los tobillos con mucha guasa. Lo logró Ponce y sacó derechazos de mucho mérito, tapando toda la dificultad que guardaba el de Victorino. También lo intentó al natural pero por ahí el toro resultaba imposible a todas luces. Ponce navegó sobrado en las aguas turbulentas de este cuarto de la tarde. Este toro en otras manos habría supuesto un problema serio para cualquier torero.

El tercero de su lote salió cojeando de chiqueros y fue devuelto. En su lugar salió un sobrero de Juan Pedro al que Ponce toreó muy bien con el capote a pies juntos en los medios, cuando logró fijar su suelta embestida. También se lució en el quite con buenos lances y una larga preciosa de remate. Ponce brindó al público y empezó a componer una de esas sinfonías de toreo a la que nos tiene acostumbrados, siendo desde el primer momento muy generoso con el toro, luciéndolo en los cites de lejos.

Para empezar, el arranque de faena con una rodilla en tierra fue un auténtica preciosidad, poniendo a la gente en alerta: se avecinaba algo realmente grande. Así fue. Desde la primera serie hubo compostura y empaque. Se veía al torero metido y entregado y también en la segunda por la derecha Ponce se abandonó a su toreo aunque al toro, que se venía de largo, le costaba humillar y siempre quería coger la muleta con un molesto tornillazo.

Al natural fue una belleza, con cites de lejos y embroques tan relajados que a Ponce parecía que se le dormía la mano. A lo fundamental, el maestro supo intercalarle momentos de variedad como un perfecto tres en uno, molinetes acompañados de preciosos cambios de mano o cites con la muleta invertida, dándole la vuelta cuando el toro llegaba al embroque. Un deleite para la vista, una de esas faenas bonitas de verdad que crecen y crecen hasta el infinito, sin más limitación que la propia del toro en su comportamiento. Por eso cuando el maestro quiso hacer la poncina no halló toda la colaboración requerida en el toro. Pero él lo hizo y ahí está la grandeza de este torero. Fue una faena de gran calado que podía haber terminado con las dos orejas y la puerta grande para el torero. La espada lo impidió. Dejó media y después algunos descabellos que dejaron al torero sin premio.